A todos mis mejores amigos nunca los he visto.
Soy una persona más bien arrogante en muchos aspectos.
El Picture Post está destinado a la gente que mueve los labios cuando lee.
De vez en cuando tengo un sobresalto al verme a través de la mirada ajena.
Dele a alguien un nombre prestigioso y ya está a medio camino de ser un imbécil.
La mayoría de los escritores tienen el egotismo de los actores sin su belleza física ni su encanto.
Si uno tiene un estilo, no se lo pueden robar. Como regla general, sólo pueden robar los defectos.
Encanto: una clase de magia discreta, controlada, exquisita, la clase de cosa que producen los cuartetos de cuerdas.
Soy un trabajador espasmódico sin horarios regulares, lo que equivale a decir que sólo escribo cuando tengo ganas.
Uno de los pocos beneficios de no ser tan joven como se fue es que uno puede decir lo que quiere porque ya no le importa nada.
No sirvo para la vida social porque me aburro fácilmente, y para mí lo corriente nunca me parece lo bastante bueno, en gente o en cualquier cosa.
Toda la estética de alta cultura está embebida en el culto al fracaso, y el término actual de jerga para esto es probablemente el "deseo de muerte".
La oreja de un cerdo seguirá pareciendo la oreja de un cerdo aun cuando uno la ponga en un marco y la cuelgue en la pared y diga que es arte francés moderno.
El mejor modo de descubrir si uno tiene amigos es quebrar. Los que siguen cerca más tiempo son sus amigos. No me refiero a los que siguen cerca por siempre. Ésos no existen.
La historia de amor propiamente dicha tiene poco o nada que ver con la lascivia. No puede existir sobre un trasfondo de pasteles de queso y matrimonios múltiples.
El contraste entre lo que dicen los avisos publicitarios de los libros y los libros mismos, cuando uno los tiene en las manos, es tan gigantesco que uno empieza a preguntarse si no se estarán pasando de listos.
Como escritor de novelas policiacas soy un poco anómalo, ya que la mayoría de los autores de novelas policiacas son apenas semianalfabetos, y yo no sólo soy alfabetizado sino intelectual, por mucho que me disguste la palabra.
Es la clase de hombre que podría pasar un año en posadas para vagabundos, y escribir una obra sobre las posadas para vagabundos que no sería más realista que una obra escrita por alguien que nunca hubiera pisado una posada para vagabundos, sino que sólo hubiera leído sobre ellas.
Un gato no le da a uno la clase de afecto que le da un perro. Un gato nunca se comporta como si uno fuera el único punto luminoso en una existencia por lo demás nublada. Pero esto es sólo una manera de decir que un gato no es un sentimental, lo que no quiere decir que no tenga afectos.
La sinceridad moderna ha destruido por completo el sueño romántico del que se alimenta el amor. Los sementales sintéticos como James Cain han hecho un fetiche de la lujuria puramente animal que hombres más honestos y mejores toman al paso, sin orgasmos literarios, y que las clases medias parecen considerar como un anexo respetable de la formación de una familia.
Hace unos años vino a verme un publicista, el rostro iluminado por un sentimiento de triunfo, y me dijo que había "arreglado" que yo reemplazara como columnista invitado de un periódico a una señora que estaba de vacaciones. Parecía pensar que yo debería de ruborizarme de placer, y quedó muy molesto cuando le di un puntapié en la entrepierna y le vacié un frasco de tinta roja en el cuello de la camisa.
Siempre estoy viendo pequeños artículos de escritores que dicen que no esperan a que venga la inspiración; se sientan ante sus pequeños escritorios todas las mañanas a las ocho, así llueva o haya sol, o tenga resaca o un brazo entablillado, y cumplen con su pequeña tarea. Por más que tengan la mente en blanco o el ingenio embotado, no admiten jueguecitos con la inspiración. Les presente mi admiración y tomo la precaución de evitar sus libros.
Transmítale mis felicitaciones al o la purista que corrige mis pruebas, y dígale que yo escribo en una especie de dialecto que se parece en algo a la charla de un camarero suizo, y que cuando escindo un infinitivo, maldito sea, lo escindo de tal manera que siga escindido, y cuando interrumpo la fluidez aterciopelada de mi sintaxis más o menos alfabetizada con una pocas docenas de coloquialismos de taberna, lo hago con los ojos abiertos y la mente relajada pero atenta. El método puede parecer no perfecto, pero es todo lo que tengo.
La televisión es perfecta. Basta con girar los botones, arrellenarse en el sillón y vaciar la mente de todo pensamiento. Y ahí queda uno, contemplando las burbujas que se forman en el barro primigenio. No tiene que concentrarse. No tiene que reaccionar. No tiene que recordar. No se extraña el cerebro porque no se le necesita. El corazón y el hígado y los pulmones siguen funcionando normalmente. Aparte de eso, todo es paz y silencio. Es el nirvana del pobre. Y si aparece alguien de mente malvada y le dice que uno parece una mosca en un cubo de basura, no hay que prestarle atención.
El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé. 2004. 326 páginas.
